Aquí fueron los gritos del silencio

Han pasado varios años desde que comenzó a llenarse de agua nuestra alcoba. Sigo esperando mi muerte por ahogo, pero éstas aguas mansas parecen no querer dar fin a mi zozobra. Éste teatro ha cesado en funciones, nuestro público abandonó la sala, y los actores… los actores claudicaron a mitad del primer acto. Tu olvidaste que era amor a lo que jugábamos, y yo, yo olvidé que lo que rápido arde, rápido se vuelve cenizas. 

Tus contradicciones parecen construir un laberinto del que ni tú misma puedes escapar. A más aumentan las mentiras en tus proferencias, más ricas se vuelven en consonantes. Me llevaste de la ira al deseo, de la pasión del desamor, de la rabia al dolor… de tanto subir y bajar, a veces no sé ni dónde estoy. 

Mi empeño irracional en tenerte a costa de cualquier precio y mi humillación constante ante ti, alimentaron lo suficiente tu orgullo. Merodeabas mis carnes cual predador y saqueabas mi espíritu con tu encanto, para después lanzarme en ésta celda, prisionero para siempre de tu engaño. 

Sacrificaste nuestro tiempo y confinaste al conflicto nuestras almas. Te amé con calma como me pediste mil veces entre lágrimas, pero jamás te pregunté si tú me amabas, aunque fuese con prisa, no me importaba la calma. De mis virtudes te entregué las ganas, con mis utopías te enseñé a soñar y desde mis desaciertos creí enseñarte a amar. 

Creí fervientemente en tu palabra como el moribundo que Dios confía su salvación. Mira nuestros versos… ¡Míralos!, aquellos que escribimos en las nubes cuando en mi pecho descansabas… ¡Míralos!, y dime por qué parecen teñidos de negro. Como por arte de magia, tus promesas subrayadas, se desvanecen sin pretexto y dejan en el texto un hueco. 

He cerrado las cortinas de nuestro lecho para no ver más el cielo. Aquí fue donde a Dios a nuestro amor invitaste… Aquí a donde nunca más regresaste. Aquí donde por ti mentí, por ti lloré, por ti todo dejé y al final, de tus manos, mi propia muerte labré. 

Las rosas, los besos y otras caricias comenzaron a podrirse por la humedad que se respira en éste lúgubre cuarto. Aquí también están nuestras cartas, se desdibujan poco a poco a medida que les piso bajo el agua. Después que sin piedad acribillaste aquello que quedaba, que era poco o quizás nada, simplemente me senté a esperar ahogarme, abrí los grifos, cerré las puertas y sobre la cama descanso inerte, acariciando nuestras sábanas. 

Aquí tus armas apuntaste y con infalible puntería destruiste hasta las migas de las lágrimas. Aquí fue el crimen, aquí la concurrencia gritaba despavorida mientras tú, con rabia, me apuñaleabas por la espalda. Aquí dejé huir cientos de ruegos silenciosos, cientos de súplicas vivaces sin sonar fónico. Aquí grité con fuerza aunque en silencio y aquí mentiste una vez más, para acabar con todo, sin dejar restos. Aquí fueron, aquí siguen siendo, los gritos del silencio… 

#ElTrovador
07/03/2007
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